Reivindicar el lenguaje

Por: RICARDO GIL OTAIZA

Me pasa con frecuencia de llegar a un estado tal de hartazgo frente a la bulla del mundo, que me refugio en el silencio. No sé, se dicen tantas estupideces y se escriben tantas cosas sin sentido, que llega un momento en el que nos decimos ¡ya basta! Pienso que estamos abusando de la palabra, que la trajinamos sin conciencia, que nos encerramos en una burbuja personal para así no recibir el influjo de esa suerte de avalancha en la que se ha transformado la vida.

Sobre todo las redes, se han convertido en máquinas del lenguaje oral, visual y escrito. Y lo grave no es que suceda y nosotros bien, gracias. Nada de eso: es tan poderosa su impronta en nuestras vidas, que a cada rato sucumbimos a la tentación, y sin mucha reflexión nos sumergimos en su marea y terminamos quemando buena parte del día en ello.

Antes íbamos al quiosco de periódicos o nos llegaba la prensa a la casa, y desayunábamos con las noticias del día. Sí, transijo, a veces una hora o más con las páginas en las manos escudriñando en el mundo y sus avatares, pero hasta ahí, cerrábamos el periódico, y a hacer otras cosas. Hoy eso no es así. Con un teléfono inteligente en nuestras manos es imposible concentrarse y dedicarse por entero a otras cosas; esa pantallita nos muestra a cada rato todo un mundo de posibilidades que crece al vaivén de sus algoritmos.

Cuando creíamos que estábamos completos con las aplicaciones de siempre, las que nos posibilitan estar en contacto día a día con la familia y los amigos, el aparatico se actualiza e incorpora nuevas, que llaman nuestra atención y sin mucha reflexión las incluimos en nuestros “intereses”. Todo es sin más, una rueda sinfín, que nos lleva de una a otra cuestión, de un interés muy particular a otros que son generados de manera bastante artificiosa y atrabiliaria.

Créanme, en las actuales circunstancias nos corresponde potenciar nuestra fuerza de voluntad para no sucumbir frente a las tecnologías. Entiendo, entiendo, me dirán que este mundo sin ellas sería impensable, y lo creo, pero de un tiempo a esta parte se han erigido en una suerte de posesión, que nos lleva a territorios insospechados, a articular cuestiones que jamás hubiéramos pensado. Las tecnologías de la información y la comunicación se están haciendo tan esenciales en nuestras vidas como el aire que respiramos, o los alimentos que ingerimos, y no debería ser así.

Debemos resistirnos a convertirnos en esclavos de la tecnología, a sustituir la esencialidad del vivir por programas especialmente diseñados para robar nuestra atención y captarnos. Y ya no se trata solo de las nuevas generaciones, que se han levantado en esta nueva era de grandes progresos y son nativos, sino también de las anteriores. Es decir, aquellas que tuvimos que aprender a utilizarlos y a convivir con ellos, y que hoy somos presas de su poderoso influjo. Mi generación, que podría ser intermedia, ya no sabe vivir sin un móvil en la mano y lo hemos asumido sin mucho rubor como parte sustantiva de nuestro cuerpo.

Entiendo que la magia de un teléfono inteligente no se puede comparar con la de los “portentos” anteriores, porque con un clic accedemos a lo que nos dé la gana sin mayores dificultades y en fracciones de segundos. Un buen reloj de pulsera en mis tiempos juveniles solo nos daba los minutos y las horas (a lo sumo tenía incorporado un cronómetro como innovación), y llevarlo era un signo de distinción y de empoderamiento social, como solemos decir. Hoy un reloj de pulsera es en sí una minicomputadora, que nos indica el estado del tiempo, la altitud, la frecuencia cardíaca, permite bajar música, enviar textos, recibir información, y paremos de contar.

Antes yo escribía con mis magníficos tomos del Diccionario de la Lengua Española al dado, para disipar dudas acerca de los significados de ciertas palabras. Usaba también una gramática o los diccionarios de dudas para evitar contratiempos con algunos giros lingüísticos y expresiones complejas. Poco a poco esos tomos impresos se han alejado de mi lado, porque con la Web conectada a mi laptop, busco en apenas instantes todo en materia de la lengua directamente con las plataformas de la Real Academia, con el Instituto Cervantes, o con los centros más connotados de América latina, y asunto zanjado.

Antes tenía que ir a las pesadas enciclopedias (que amo, sobre todo a la Enciclopedia Británica, como le acontecía al gran Borges, pero que nunca tuve por su costo y que ahora es mi amor platónico) para buscar datos acerca de los personajes históricos o de algunos hechos en particular. Esa labor era larga y tediosa, porque implicaba buscar el tomo, hallar al personaje o al suceso, luego entresacar los datos fundamentales y resumirlos. Nada de eso es admisible hoy. Google se ha convertido en la gran enciclopedia de todos los tiempos, y si no hallas el dato en sus fantasmales intersticios, es que sencillamente no existe.

Hay que reivindicar el lenguaje, devolverle su peso e importancia. No soy enemigo de las tecnologías, sería tonto de mi parte a estas alturas de la civilización. Considero, eso sí, que tenemos que generar una disciplina en nosotros y en nuestros hijos, que nos permita acceder a las nuevas tecnologías sin ser unos alienados a ellas. La palabra argumentada y cincelada por la razón, es nuestra defensa para no convertirnos en zombis. Y vamos rumbo a eso.

rigilo99@gmail.com
www.ricardogilotaiza.blogspot.com

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